
Irina Garbatzky
El entrenamiento de la mente
A veces pienso que hay una sola cosa sobre la que escribir. Una sola, nada más: el crecimiento y la transformación. Días y días y días en donde sólo puedo pensar en las transformaciones de las plantas, del cuerpo o de la casa. Sentarme a pensar el mundo, pero en un mundo reducido, donde el sol pasa muy rápido de un punto a otro del cielo.
Es un mundo reducido, pero hay que pasar a la acción. Hay que hacer que en el mundo de la escritura existan cosas y voces. Personas y cosas, voces de las cosas. Su ausencia en lo que escribo me hace preguntar por mi soledad. ¿Con quién hablo en el día a día? ¿Y de cuántas cosas?
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¿Y si escribiera aforismos? Ni poemas, ni cuentos, ni largas entradas de un diario, ni poemas en prosa.
¿Por qué no aforismos? Formas breves, espacios de la respiración a los que se llega después de la pesadez del pensamiento o después del trabajo sucio de una decisión.
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Me gustaría escribir un poema-partitura, una coreografía, un poema que diga: “dejen caer la cabeza como si fuera una manzana”, un poema que sea tan oscuro que haya que estar ciego para leerlo.
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Vivía una época en la que prestaba atención a la forma de hablar de las personas. No qué decían, sino cómo hablaban. Me sabía de memoria algunos tonos, pero la mayoría de las veces resultaban confusos. Qué quería decir, qué quiso decir. Eso pasó durante un tiempo. Me alejaba de la gente porque no entendía lo que hablaban. Como si usaran otro idioma. Las voces se inflaban y copaban el espacio aéreo. Caminaba por la calle y no se podía pasar. Cuando las personas hablaban empezaban a descomponer el aire, armaban figuras, muñecos de goma. No te oigo. Sentí el ruido de las hojas.
Otras veces las veía como en un podio, en donde iban subiendo de a una. Todas hablaban y ninguna se interrumpía. Por ejemplo, una voz se acercaba al micrófono y decía: “Permiso, voy a hablar. Quiero contarles algo, me dan permiso, gracias, muchas gracias”. Después, bajaba. Después, subía otra, se peleaba con alguien. Y así. Todo pasaba sin saber de quién era el turno. A veces alguna se destacaba entre las otras.
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Una voz alta me llama mientras duermo. Entre el primer llamado y el segundo, respondo: “Buscáme”. Estoy subiendo a la terraza de una casa en el campo, es de noche, estoy con mis amigas de la infancia y le hablo a un muñeco que tiene bigotes. Le hablo a ese muñeco con urgencia. Cuando me despierto, me quedo unos segundos sin querer volver a cerrar los ojos, como en esa película donde los niños pasaban la noche tomando café.
Formo parte de esa generación: quiero permanecer despierta, quiero que mi amor me llame.
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Marcela me llamó por teléfono para decirme “podaron el patio de al lado y te guardé la raíz de una sandalia”. La busqué en la bici y me la traje. Es enorme, va a entrar en mi balconcito. Amarilla y verde loro, se le desprenden raíces negras, cables enchufados. Recién subí a la terraza para limpiar una maceta, tuve que tomar la raíz como si fuera una guitarra. Una piel nada tersa. Vacié una bolsa de tierra y quedó: una escultura. Tuve la suerte de no ser yo, de acordarme de unas columnas que vi en un viaje iniciático a Barcelona y de ese ensayo de Nuno Ramos que habla del tiempo lento de las plantas, el tiempo de la vejez de los abuelos. “Alguna cosa muy lenta, similar tal vez al crecimiento de las plantas —a los numerosos helechos y culantrillos, cuyos gajos no podíamos romper— organizaba los días allí”. Mientras cada noche se da el sueño, cada vez más acabado, de un deseo, de día me sumerjo en lo material. Cosa muy lenta, la del deseo y acaso menos incierta de lo que aparenta.
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No me resulta difícil percibir lo distinto cuando proviene de las cosas, por ejemplo poner atención en la frescura, un día de tanta humedad como hoy en que la humedad sale como soplada desde un frasco de galletitas. Porque no siempre es fácil empatizar con las personas, estar al mismo tiempo próxima y distante. Qué sería de mí sin las cosas.
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Algunas hijas les tejen la espera a sus madres llegaste tarde del after office
les reclaman
las ven llegar de madrugada
y les lavan los platos de sorpresa o les hacen un pedido piadoso para que se queden.
Porque puede pasar que una madre se vaya, en ese caso la hija aprende por su cuenta.
Aunque también podría pasar que no fuera un solo caso que hubiera generaciones desmadradas
una ciudad entera de la cual las madres partan, cantando, haciendo sus valijas.
Sacudiendo como Scarlett el guantecito a su sirvienta:
adiós, querida mía, me voy a conocer el mundo, me voy a mirar el mar,
volveré cuando sea una ancianita.
Hay pueblos de donde las madres parten y hay hijas que se quedan viajando por adentro de la casa.
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La espera no es un impulso de la pereza. La espera tampoco es un asunto de elecciones. Si decido esperarte, no te espero, sólo cuento el tiempo que falta para tomar otra decisión, como quien decide esperar un poco más a alguien en la calle. La mayor parte de las veces que te espero no lo sé, y me doy cuenta más tarde, cuando descubro que mi confianza sabía más sobre vos de lo que yo creía.
Estamos juntos en dos tiempos, en uno vivimos los años; y en otro, una época empujada con almohadas y avances felinos. Un día descubrimos la biblioteca y otro día, la ventana. El que vive con gatos sabe cuántos más espacios puede tener el espacio. En nuestra vida juntos, más seguido debería recordar cuántos tiempos caben en nuestro tiempo.
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Me acordé de un año nuevo que pasé de mochilera en la isla. Y de otro también frente al río en una casa en la Florida.
No me acuerdo si me quedé a dormir o si fuimos a ver el amanecer a la playa.
La reminiscencia me vino lavando la verdura. Era una época de amigos de casas abiertas y movedizas.
Sigue siendo igual, pero cuántas vidas que entran en una.
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La luna del insomnio. Estos días de tanto movimiento en casa, roturas y arreglos, de los huesos de la casa y de los huesos del tiempo. Hacen que yo me despierte en la madrugada pensando en un trámite que faltó o en la clase que tengo que preparar o en la cantidad de caracteres de un artículo. ¿Qué es esto? Pasados meses entendí que el insomnio puede ser una heterotopía. El de- seo de despertarse en el lugar del pensamiento débil y perezoso, temblequeante y dubitativo, sin la exigencia de la productividad y la decisión.
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Me detenía y sentía que toda la casa estaba detenida, a la espera de la transformación.
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Lo detenido no existe, como el silencio. El profesor de música que en la clase cerraba las puertas, las ventanas, pedía a los estudiantes que no hablaran. “Hoy vamos a aprender qué es el silencio y el silencio no existe”. Y se detenían los estudiantes y en el aula repicaba el sonido del lápiz o el del zapato o el de la calle. En el sonido había más sonido, siempre había un poco más de sonido, porque incluso cuando no se oyera nada, se oía a alguien respirar. Ese silencio que se ansía o que asusta apenas es la posibilidad de ir abriendo puertas, como cuando en una ciudad las calles se multiplican. Estarse quieta es entonces estar un poco a la deriva.
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El entrenamiento de la mente. Rosario: Editorial Iván Rosado, 2020.
De este libro, dice Ana Porrúa:
Este es un libro para leer en las vacaciones; o para llevar a una escalada de montaña. Este es un libro para leer en un bote que cruza el lago Puelo en invierno, o caminando con el viento en contra (también con el viento a favor); este es un libro para leer en tu casa con el ventilador prendido, en el ómnibus, debajo de un árbol o a pleno rayo del sol. Este es un libro para leer cuando tenés insomnio pero también mientras dormís y soñás o viajás que es o mismo. Este es un libro para leer mirando el Paraná, el mar o el fin del mundo.
Porque El entrenamiento de la mente tiene algo de kit de supervivencia y de pedagogía aunque está escrito en los agujeros que dejan los manuales. No es un libro que enseña sino que muestra, exhibe una sensibilidad del ojo, de la escucha, del cuerpo. Hay un entrenamiento material de la mente no programado, sin razones previas: a partir de haceres concretos y con las certezas suspendidas. Una experiencia que se recorre y se indaga por afuera de la productividad, en escenas ralentadas o directamente quietas: escuchar unas voces durante mucho tiempo, plantar y transplantar, cuidar al gato enfermo, pararse de cabeza. Escribir canciones, o un poema partitura, una coreografía, o aforismos “espacios de la respiración a los que se llega después de la pesadez del pensamiento o después del trabajo sucio de una decisión”.
El libro de Garbatzky puede leerse como una pedagogía de la precariedad, de la orfandad; pero también como la serie de estrategias que montan las hijas que se quedan solas, las hijas de madres que se van a recorrer el mundo y se despiden “sacudiendo como Scarlett el guantecito”. Entre la fuerza y la fragilidad; o más bien solapando una sobre la otra.
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Irina Garbatzky
Doctora en Humanidades y Artes por la Universidad Nacional de Rosario. Es Investigadora Adjunta del IECH- CONICET y Jefa de Trabajos Prácticos en la cátedra de Literatura Iberoamericana I (UNR). Publicó como autora Los ochenta recienvivos. Poesía y performance en el Río de la Plata (2013) y como compiladora Expansiones. Literatura en el campo del arte (2013). Es co-directora de la revista El jardín de los poetas. Revista de teoría y crítica de poesía latinoamericana. Es miembro de los Centros de Teoría y Crítica Literaria y de Estudios en Literatura Argentina, de la UNR. Integra el Grupo de Estudios Caribeños del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la UBA. Obtuvo una beca del DAAD para realizar una estancia como investigadora visitante en el Instituto Iberoamericano de Berlín. Actualmente dirige el PID «El archivo de fin de siglo latinoamericano. Lecturas del XIX en el XX». Publicó artículos sobre archivo de las vanguardias, conceptualismos y performance en Latinoamérica, nuevas lecturas del Período especial cubano, trayectorias del neobarroco.
