
Levedad dispersa: el soplo de Diente de león
Pablo G. Lleonart

Se cuenta que una tarde de primavera Leonardo da Vinci paseaba por los campos cercanos a Florencia y se detuvo a observar cómo el viento soplaba las semillas de una flor que entonces se consideraba simple maleza: el diente de león. Fascinado por tal acontecimiento el ingenio del florentino se preguntó cómo las pequeñas semillas se elevaban en espiral, flotaban y se mantenían suspendidas. Fue este el motivo, según versión popular, el que lo condujo a esbozar en su cuaderno los movimientos del aire.
Más de medio milenio después Nelsón Simón, poeta de un pequeño pueblo, Puerta de Golpe, en la occidental provincia cubana de Pinar del Río, al igual que da Vinci se ha detenido a observar la misma flor y ha convertido su contemplación en poemas. Diente de león es una de las seis novedades editoriales que pone a disposición de los lectores Ediciones Vigía para celebrar sus cuatro décadas de fundada. Así con este cuaderno de inusual y delicada belleza regresa una de las voces poéticas cubanas más relevantes al catálogo de la editorial para seguir alimentando la llama inagotable del quinqué, ese que se encendió por vez primera en abril del año 1985 y no ha dejado desde entonces de iluminar nuestra siempre sui generis República de las Letras, en definitiva no ha dejado de iluminarnos. Regresa hoy aquel amolador de tijeras que preguntaba por su casa, y que ahora ha cambiado la tijera por la flor, el corte por la belleza, y ya no pregunta por la casa, porque sabe que esta es y será siempre su casa.

Los poemas de Diente de león contienen la levedad. Nelsón Simón sustrae el peso de la palabra a la manera en que lo hacía otro italiano, Italo Calvino, cuando decía: he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades, he tratado, sobre todo, de quitar peso a la estructura del lenguaje. Y entiéndase que esa ausencia de peso no le resta sustancia, esencia de las cosas, sino todo lo contrario, el autor busca con su levedad ascender, dispersarse en el viento hasta confundirse con el aire y que el poema flote, que cuando sintamos que una brisa nos despeina, sea la brisa de la poesía.
Frente a los días peligrosos, o sea cada día de nuestras vidas, el poeta ha construido no su torre de babel, sino su jardín de versos, donde el diente de león, junto a orquídeas y también hojas secas, deviene en tabla de salvación. El poeta se opone a las máscaras de la cotidianidad con lo más íntimo, busca el ser verdadero, y es por ello que afirma: tengo la mala costumbre de tender mi ropa a la vista de todos/ De una columna a otra del balcón até una cuerda/ y en ella pongo a colgar piezas íntimas. /Cosas que otros callan. /Así me expongo.

En estos poemas encontramos la exactitud de la pluma, esa que era el símbolo de precisión entre los egipcios y que usaban sobre una balanza donde pesaban a las almas. Solo que Nelsón Simón sustituye, la pluma por la semilla del diente de león. El poema homónimo se introduce con el siguiente verso: que todo lo que me hiera tenga la belleza del diente de león. Para pesar las almas de estas islas hace falta esta y no otra flor, esta y no otra belleza, es la que exige el momento actual. Ya a un poeta en otro tiempo le pidieron, entre tantas cosas, las manos y además le dijeron que eso era estrictamente necesario. Ahora el escritor de la Cuba del 2025, afirma: mi mano cansada de tantas migraciones, se detenía en ti. Y junto a las manos del poeta también van nuestras manos.
Exactitud y levedad son rasgos distintivos de la poética que despliega el autor en el presente poemario. Otra vez el ragazzo Calvino nos ilumina al referirse a la composición geometrizante de Mallarmé: La poesía es la gran enemiga del azar, a pesar de ser también ella misma hija del azar, y que sepa en definitiva que el azar ganará la partida. Sumergidos en el jardín de Nelsón Simón nos encontramos ante el golpe de dados que jamás abolirá el azar, aunque el golpe será el de la flor o más bien el de los años cuando el poeta, sugerentemente de un lugar llamado Puerta de Golpe, nos revela: ya la vida, con sus yerros, pasó por aquí y la conozco.

Es imposible hablar de Diente de león sin mencionar que cuenta con la visualidad particular de un joven, me refiero al diseñador Héctor Rivero, quién desde su halo creador sabe insertarse en la tradición de Ediciones Vigía, revitalizando estilos que fueron sello de identidad de la editorial, y por supuesto aportando otros discursos visuales que hacen del presente poemario una muestra de interés acerca del trabajo más actual de Vigía. La sobriedad del blanco acompañado de la flor, las cochinillas, los insectos de abundan en las páginas junto a la ropa interior confeccionan un cuadro en que la levedad de los poemas se transfiguran en la levedad de la imagen artística que nos propone el diseñador con su estética.
Al abrir el libro, que es más que un libro, es jardín y arte, iniciamos junto a sus poemas la búsqueda inexorable del tiempo, ese del que dispusimos o dispusieron por nosotros, el tiempo perdido y que nunca podemos retener, el resbaladizo del que sabemos que algo pasó pero no sabemos si volverá a pasar. El autor de A la sombra de los muchachos en flor, el de Puerta de Golpe, no el del decimosexto distrito de París, nos advierte de lo terrible del camino, lo terrible de no saber volver sobre nuestro camino, que no es, por supuesto, por el que transitó Swann.
Lo terrible es no saber volver atrás, es el último verso que leemosy lo belloes ese camino de regreso hacia el útero, hacia el ser. Los ángeles rilkeanos en la poesía de Nelsón Simón tienen la levedad y exactitud, las alas y el rostro de la flor de diente de león. Y para suerte nuestra van dispersos por el aire con la luz del quinqué de Vigía.

