Diego Mora

Eunice Odio 

se ha ido 

por la bañera,

silenciosa,

por una rejilla 

metálica

del cuarto de baño

inundado

por su luz.

Eunice 

del desagüe 

a las tuberías, 

Eunice 

por las alcantarillas

de la Calle Río Nazas,

por los drenajes 

inhóspitos

de Tenochtitlan.

Eunice 

con el sol 

de mediodía

entre aguas negras

que ahora 

son claras.

Eunice rabiosa

por los caños 

de su pasado

que es fuego 

y es miedo

latente.

Eunice Odio

derramada

en su tránsito

perpetuo.

¿Quién llamó a Rosario Castellanos? 


¿Será quien quiero que sea?,
se pregunta extática.
Su voz es dulce como el agua tibia
que cae por sus piernas de brea,
desde la bañera hasta la sala,
en pos del auricular.

Gotea su cuerpo con lentitud,
desnudo, resplandeciente,
como una declaración de fe,
una vigilia estéril del polvo,
hacia un teléfono en llamas
que repite su nombre.

Y la lámpara, 
a pocos pasos del deseo
hace contacto 
con su piel transfigurada,
para que brote el rito 
al pie de la letra.