
No pudo dormir esa noche el bosque
ni las siguientes.
El insomnio era un cuerpo libidinoso
arrastrándose, penetrando en las raíces
del sueño.
Se desvelaron todas las criaturas nocturnas.
Y causó tanta extrañeza que a dónde ir
sino a la oscuridad, al vértigo.
El búho no supo volar sobre la cólera
encendida del fuego. Confundir la presa
con un resplandor era una trampa.
Mejor la quietud al exilio.
Después, no habría morfina
para tanto dolor.
El rayo, por fin, quebraría la piedra,
el árbol. Dividió la noche en dos mitades
asimétricas.
Cuando lo invisible tomó forma
ya era demasiado tarde para despertar.

Una parte del poema viene a confirmar el silencio molecular de los objetos. Dos iguales compiten entre sí por ser el único. Dejarán de serlo a base del abrazo engañoso de la contemplación. Habría, por fin, que desconfiar del fingimiento de la materia. Duda, pues, de lo tangible como manera de estar en la memoria de los ojos. A qué módico precio ceder al deslumbramiento, en qué saldo ser reducido únicamente por la apariencia. Dos manos abiertas, idénticas. podrán tocar la misma piel, pero nunca igualar su tacto. Tacto que se libra de la ceremonia del ver. Sinónimo de confusión. La otra parte del poema nos dice, al fin y al cabo, siente en este final abrupto las miradas fugaces sin penetrar en su interior.

Ahora lo sé todo: jugar a ser invisibles no era un juego. Ninguna broma. Desaparecíamos al instante con el solo fin de disolver nuestros temores y cambiar las amenazas por ser indestructibles. Un gesto inventado y las palabras perspicaces: «Ahora no me ves». Atravesé muros, accedí a intimidades, franqueé la opacidad de los cuerpos con exactitud, penetré en lo más inaccesible de los corazones rojos, profané el sagrado hogar de las dulces muchachas, hice de las mariposas sus búnkeres. Y lo más importante: no permití que nadie sobrepasase los límites de la ternura, de la fragilidad, aquello por lo que éramos inexpugnables, como si se tratase de un campo de minas a nuestro alrededor.

Las hormigas rojas tampoco descansan. Si bien el estirar del gato doméstico o el aleteo nervioso de la mariposa o el silencioso reptar de la serpiente o el vuelo nocturno de la lechuza podrían -si quisiesen- también alterar el orden natural del mundo. De su mundo descomunal y minúsculo al tiempo. Deberíamos estar atentos a esos gestos tan minúsculos. Atesoran toda la verdad por abrazar.

McArthur Wheeler, a mediados de los noventa, en Pittsburgh, convencido de su invisibilidad, atracó dos bancos en pleno día y a cara descubierta. Una vez apresado confesó haberse untado la cara de zumo de limón para mostrarse incorpóreo ante los demás. Me fascina su resistencia heroica de ceder al hostigamiento moral de las leyes de los hombres a otros hombres. Sabía a la perfección que para ser atracador de bancos basta con no dejar nunca de ser niño y confiar ciegamente en el efecto corrosivo del zumo de limón sobre la piel del escepticismo.
Benito Pascual es poeta y profesor zamorano. Ha escrito las novelas Un bosque dentro (2018), El último paisaje de Otis (2016), y Laponia insólita (2014). Es autor del libro de microrrelatos Icebergs (2019), y los poemarios Vientos difíciles (2019), Del agua al fuego (2020), Luces buscan sombras (2021), Existencial (2023), Ver lo invisible (2024) y En cada destrucción (2025). Ha participado en antologías y proyectos culturales y literarios como Antología poética del II Certamen de Poesía La huella de la palabra (2017) o la exposición El agua, esencia y belleza, de José A. Carreño (2019). Fue director y organizador de PoetiZA, Festival Poético de Zamora (2022), y coordina el Club de Lectura Poética de la librería Semuret desde 2023. Los poemas que se publican aquí pertenecen a Ver lo invisible y En cada destrucción.
