Benito Pascual

Ahora lo sé todo: jugar a ser invisibles no era un juego. Ninguna broma. Desaparecíamos al instante con el solo fin de disolver nuestros temores y cambiar las amenazas por ser indestructibles. Un gesto inventado y las palabras perspicaces: «Ahora no me ves». Atravesé muros, accedí a intimidades, franqueé la opacidad de los cuerpos con exactitud, penetré en lo más inaccesible de los corazones rojos, profané el sagrado hogar de las dulces muchachas, hice de las mariposas sus búnkeres. Y lo más importante: no permití que nadie sobrepasase los límites de la ternura, de la fragilidad, aquello por lo que éramos inexpugnables, como si se tratase de un campo de minas a nuestro alrededor.

McArthur Wheeler, a mediados de los noventa, en Pittsburgh, convencido de su invisibilidad, atracó dos bancos en pleno día y a cara descubierta. Una vez apresado confesó haberse untado la cara de zumo de limón para mostrarse incorpóreo ante los demás. Me fascina su resistencia heroica de ceder al hostigamiento moral de las leyes de los hombres a otros hombres. Sabía a la perfección que para ser atracador de bancos basta con no dejar nunca de ser niño y confiar ciegamente en el efecto corrosivo del zumo de limón sobre la piel del escepticismo.