
Cleveland
Las gaviotas revolotean alrededor de una grúa de hiedra
que mira impávida el Erie.
Sus alas empujan el cadavérico invierno,
pero este se queda en mi bufanda fría,
en este abril de témpanos y botas gélidas.
Un vikingo de piedra marrón vigila las dársenas del puerto.
Los abrigos oscuros y las manos enguantadas
bajan y suben en cada estación RTA.
El tren serpentea entre árboles venados,
entre pinos constelados de ovejas dormidas.
La ciudad de fábricas muertas respira casi sin aliento
mientras yo, casi ilusionada,
busco brotes de hierba en los adoquines de Literary Road.

La calle es una primavera que no llega
La calle es una primavera que no llega.
Un entramado de tuberías oxidadas sobre los andenes,
un puñado de caminantes con las manos en sus bolsillos
y el gris sobre sus cabezas.
A veces te engaña,
entonces es una fila de pubs repletos de hipsters
en camisetas de preverano que beben cervezas doradas,
un conjunto de abrigos rosados y pies diminutos
que saltan sobre ella,
una estela de gaviotas que enfilan hacia el lago
con su vuelo ancestral de ángulos perfectos,
pero luego, terminas por descubrirla.
Es ancha, fría y solitaria, aunque esté sembrada
de edificios y regurgite peatones por cientos, por miles.
Nadie cruza miradas.
Los abrigos cubren cuellos y sonrisas,
Los gorros disimulan los entrecejos fruncidos.
La calle alberga homeless que acarrean carritos de mercado
con los tesoros precarios de su mendicidad,
La calle está sembrada de estadios enmudecidos,
de pasadizos que huelen a orín,
de banderines, camisetas, vasos y almas que se desechan.
La calle serpentea por el día, lo evade,
es golpeada por alas tiritantes que la empujan
hacia la noche infinita.
La calle maquilla sus edificios viejos
con macetas floridas,
por ella caminan las meretrices ajadas
buscando el último de sus clientes,
los gatos que le pertenecen,
las notas de un violín desafinado,
los vapores mezclados de las cocinas,
los amores ilícitos
y los crímenes de ocasión que serán la portada de los diarios mañaneros.
Entre edificios de agujas altas y parques de plástica hierba,
la calle, caótica, gélida y nocturna,
te lleva, paso a paso, hacia sus latitudes de angustia.
Agosto de cometas, octubre de Goodwill
En realidad,
no queríamos salir de allí́.
Aunque sonasen las bombas en las calles
y los campos albergasen personas como reses encerradas entre celdas que pinchaban
con sus púas de cactus plateados,
no nos queríamos ir,
ni dejar este sol de todos los días
ni las comidas familiares que se alargaban
con la risa de los tíos, las mesas llenas de primos
y de platos rebosantes salidos de las manos diestras de esas mujeres adosadas a los fogones,
mujeres ceibas,
abuelas y madres de raíces firmes
que nos transfundían con la savia
para que creciéramos,
fuertes como troncos,
y livianos como hojas de gualandayes,
para resistir cada embate,
para huir con la agilidad de los jaguares,
nosotras,
nosotros,
mujeres y hombres,
éramos cuerpos en filtro de verano,
almas famélicas de esperanza.
Cada año, uno o muchos de nosotros,
nos íbamos,
entonces, las sillas se guardaban,
la mesa iba menguando.
Las madres y las abuelas como ceibas,
como gigantes frazadas verdes,
ya no nos cobijaban entre sus pliegues de carne
ni podían escondernos de la violencia entre sus ropajes.
Las plagas pudrían sus raíces,
y desbrozaban, con su veneno rojo,
en goteo perenne,
sus cuerpos descomunales
hasta reducirlos a la incertidumbre,
al polvo,
al vacío
de las hijas violentadas,
de las hijas muertas,
de los hijos desaparecidos,
de los hijos aterrorizados.
En cada agosto de cometas
que bailaban sobre el cielo de cables eléctricos, el país se marchaba,
nos entregaba a sus hijos e hijas
a la diáspora del desencanto.
Salíamos así́ de la ciudad del sol
a las ciudades del frío,
con las ropas de telas livianas
con álbumes de fotos como altares de muertos en el fondo de maletas
que vaciábamos en espacios pequeños y fríos,
en centígrados,
en Fahrenheit,
en alma.
No, no queríamos partir, pero acá llegábamos
con las hojas irisadas de rojo y amarillo
nieve de otoño que caía en nuestras espaldas,
con abrigos del Goodwill y botas encharcadas,
esperando los buses de horarios milimétricos
en las estaciones limpias, ordenadas y grises,
cambiando silencios por más silencios,
intuyendo entrecejos fruncidos tras los gorros,
cumpliendo con las rutinas de cada oficio
para pagar el alquiler de casas iguales como bloques de legos, siempre blancas de techo rojo y pasto de plástico,
sin gualandayes,
sin ceibas,
sin mesas concurridas,
sin más sonrisas que la de los meseros que esperan sus tips, con el corazón magullado
porque no,
no queríamos irnos.
Nohora Viviana Cardona Núñez holds a B.A. in Literature and an M.A. in Colombian and Latin American Literatures from the Universidad del Valle, in Colombia. She also obtained a Specialization in University Teaching from the Universidad Santiago de Cali. In addition, she also earned an M.A. in Hispanic Literature and Culture, and a Ph.D. in Spanish from the University of Ottawa, in Canada. She currently teaches at Case Western Reserve University, in Cleveland, Ohio.
In 2024, she published an anthology of her poetry, Cisura de sol (Lugar Común; Ottawa, Canada), and was one of the authors who received the Voces Nuevas Award, granted by Editorial Torremozas (Madrid, Spain). She has also co-authored the novel La sucursal del cielo (Calíope; Cali, Colombia). Her short stories and poetry have appeared in such anthologies as Lumbre y relumbre, Cloudburst: An Anthology of Hispanic Canadian Short Stories, and Virginia & Co. Her recent research includes “Las hijas de la posmemoria en la narrativa fílmica del siglo XXI,” published in the Revista de Estudios Colombianos, and “Voces de la posmemoria en M de Nicolás Prividera y Pizarro de Simón Hernández,” in the volume Perspectivas multidisciplinarias sobre la Argentina contemporánea.
