Campamento1, de Irina Garbatzky

Por Paula Galansky
Es muy difícil saber, exactamente, qué es lo que hace nacer a un libro ¿Es una imagen? es una cadencia? ¿Es un recuerdo? es un deseo inexacto, insistente? ¿Es la acumulación de textos sueltos que una va juntando? ¿Es un recorte en el tiempo? ¿Son las ganas de inventarle un orden a una serie de pensamientos? ¿Son todas esas cosas a la vez, trabajando juntas como un engranaje? En general, ese origen se oculta, se desdibuja como el lugar preciso donde empieza una lluvia.
Por eso, cuando en la tercera página la voz narradora de Campamento declara sus intenciones “Voy a escribir un libro que se llame Campamento”, me sorprende. Como sacado de una de las 200 ideas de libros, de Blatt, Campamento empieza su viaje desde una premisa: escribir un libro al que le vaya bien ese hermoso título.
El diccionario dice que un campamento es una instalación eventual en terreno abierto, o extraño. Una vivienda temporal. Viene del verbo acampar, pasar la noche en el campo. Un campamento sería, entonces, ese espacio y ese tiempo en el que tienen las herramientas y elementos necesarios para sobrevivir al frío, a la intemperie, a los animales, los peligros. De chica, fui muchas veces a acampar. Mi mamá es profesora de educación física, me llevaba con ella a casi todos los campamentos de las escuelas y las colonias de verano en las que trabajaba. Así que para mí la palabra campamento quedó impregnada de juegos de competencia, de duchas compartidas, del olor a la crema enjuague en el pelo de las chicas a la tardecita, de grillos, de comida fea, de ramas de eucaliptos. Fue en un campamento la primera vez que vi a alguien quebrarse un hueso, y también la primera vez que creí ver un fantasma. Estábamos jugando de noche, con mis primos, y yo recuerdo muy bien ver una silueta blanca y ágil deslizarse entre los árboles.
En el Campamento de Irina también hay fantasmas. Pero son fantasmas citadinos, esos que se esconden en las casas y se insinúan apenas cuando estamos solos. Porque este es un campamento particular: no hay campo abierto sino las habitaciones de la casa de una amiga, no hay chicos y chicas durmiendo en carpas y contando historias, sino la posibilidad latente de ver películas de terror. Pero, más allá de eso, lo que distingue a este campamento es que es solitario. Por prescripción médica, la narradora acampante tiene que vivir aislada durante una semana,y de esa intemperie nace la necesidad de armarse un refugio interior.
Lo primero que empaca Irina en su kit de supervivencia es el sentido del humor. Sútil, a media luz, como quien dice maldades en voz baja. “Nadie te quiere porque seas buena”, anuncia una frase desde la primera página, y nos sirve de brújula. De hecho, podemos seguir el hilo de las pequeñas maldades durante todo el libro; en los comentarios de Maria Julia, en el descubrimiento de que tomar yodo también sirve para abrazar a quienes nos caen mal y dejarlos radiactivos, en las amigas que habitan la comedia y jamás la tragedia, en el desmembramiento minucioso de los mensajes que la narradora recibe de su mamá. Pero sobre todo, hay humor en el tono de una escritura que se esmera en mantenerse liviana, flotante, que no se hunde porque parece sospechar que, sola y fuera de casa, el pozo puede llegar a ser profundo. Como si nos insinuara que para sobrevivir a los problemas, a la enfermedad, a ese fantasma que pasa corriendo a nuestras espaldas, es necesario no tomarse tan en serio las cosas.
Lo segundo que trae a Irina a su campamento son voces. Voces que llegan por audio, por whatsapp, o simplemente a través del recuerdo. Me gusta pensar en la voz como el órgano más flexible del cuerpo. La voz se alarga, se acorta, se apaga, se acurruca, se enciende, se redondea o se vuelve filosa según sea necesario. Incluso tiene permitido viajar en el tiempo. Un tío que habla desde la infancia, una hermana adolescente, una Irina de hace 15 años, una cita, una amiga que está lejos y es más ella que nunca, otras que charlan hasta en los sueños. Todas estas voces, a su manera, ofrecen trucos de supervivencia, mecanismos finísimos para pasar el tiempo. Tal o cual película, tal libro, tal serie. Chismes, pensamientos. Una red de ecos. Si tuviera que imaginar qué parte del campamento ocupan, diría que son esa canaleta que se cava alrededor de la carpa para que no se inunde si llega a largasrse una tormenta, y también la fogata que se hace de noche, con palos y hojas recién recolectados, para no pasar frío y para quedarsela viendo en silencio.
Es gracias a que las voces están ahí, dando vueltas, que la narradora puede dedicarse a escuchar y a observar. O quizás esas voces están ahí porque la narradora les presta atención igual que lo hace con las plantas, la casa prestada, el orden de una biblioteca o los colores de un cuadro. Un modo de mirar que pareciera querer descubrirles el secreto, la estrategia. Esa es otra herramienta, o quizás La Herramienta, con mayúsculas, que lleva Irina a su campamento: su atención, su disposición a mirar y volver a mirar y dejar que las cosas, las voces, la vida que la rodea se exprese.
Hacia el final de mi lectura, vuelvo a preguntarme por el origen de este libro, y me doy cuenta de que la palabra que sirvió de impulso para escribir parece haberse transformado, como pasa siempre con las palabras y los impulsos. Si al comienzo “campamento” era, para su autora, ese lugar de miedo e incomodidad, de no saber bien qué hacer, de estar un poco fuera del tiempo, en la última noche de distancia y soledad, en cambio, el campamento funciona a la perfección: es apenas un compás que acompaña, una forma de estar que ya casi desaparece pero queda sonando de fondo, que ahora sí se anima y se sumerge, como quien aprende otra vez a moverse, a pensar, a mirar, a escuchar las notas de un ritmo que va por dentro.
- Bulk Editores: Santiago de Chile, 2024 ↩︎
