EL PLAZO
(Madrid, Amargord, 2012)
13.
Una anciana busca los huesos del hermano. Respiran manchados en alguna cuneta, luminosos. La madre de ambos, enterrada lejos, logró abrir en su cuerpo un hueco para el hijo, una casa vacía a la que volver un día tal vez. Los restos del hombre serán para entonces minúsculos, con seguridad caben en el nido materno.
La hermana escarba y gime. Va cargando las piezas, atándolas con sogas que arrastra por el campo. Una montaña de huesos lleva a la espalda. Qué escaso el tiempo para completar el puzle.
29.
Soñé que me comía los dedos despacio. Era fácil desprender las uñas y amontonarlas, tirar de la piel más fina. Los tendones se veían brillantes, con la sangre que asomó durante años parada ahora sobre los nervios. Con movimientos bruscos los huesos salían uno a uno e iban acumulándose en el plato. Una mano desmontaba la otra, aunque al final fue necesario sacudir los brazos. Lo más difícil vino luego, cuando hubo que ordenar por tamaños los trozos.
Pero una vez vaciado el tuétano, con las puntas suaves y sin rastro de mordisco, surgieron relucientes unas manos perfectas, los dedos soñados frente al espejo.
30.
En un movimiento leve puede hallarse la libertad. La decisión consiste en llenar los pequeños huecos o vaciarlos, como un nautilus que viaja a la superficie acunado por las corrientes o se sumerge en busca de una llamada que no oye, tan aguda que estallaría cualquier tímpano.
Podrían ser sirenas que sueñan, pues suena familiar esa voz mimetizada con la arena del fondo. El escondite resulta acogedor en su invisibilidad. Ni siquiera el pez roca muere quieto en su disfraz, anhelante siempre del cielo húmedo de los peces luna.
48.
Enloquece y escribe, enloquece y escribe. Una mujer va perdiendo sustantivos, verbos. Los gestos lo suplen todo. Un día no habrá nada que ocupar, solo una maraña gris desquiciada y alaridos. Las manos cuidadosamente extraen cada palabra, cada pedazo de vacío. La mujer percibe que alrededor los nombres son accesorios y se elevan muy poco del suelo. Ella continúa con su sombrilla abierta, se guarece antes del último vuelo.
OLGA MUÑOZ CARRASCO
(Universidad Complutense de Madrid)
En Lima se editó su monografía Sigiloso desvelo. La poesía de Blanca Varela (Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007), que había recibido el Premio Extraordinario de Doctorado. Preparó la antología de Blanca Varela Y todo debe ser mentira (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2020) y publicó en Francia su estudio Palabras para un canto. La escritura en espiral de Blanca Varela (París, Belin Éducation/Humensis, 2022). Numerosos trabajos suyos dedicados a la poesía hispanoamericana y española han aparecido en publicaciones periódicas especializadas. Ha formado parte durante todo su recorrido del proyecto de investigación “El impacto de la guerra civil española en la vida intelectual de Hispanoamérica”, fruto del cual publicó el libro Perú y la guerra civil española. La voz de los intelectuales (Madrid, Calambur, 2013). En la actualidad es investigadora en el proyecto “Biodiversidad poética. Representación de las aves y competencia ornitológica en la poesía latinoamericana (BIOPOET)”, que estudia la presencia de los pájaros en la poesía hispanoamericana de los siglos XX y XXI.
Su trayectoria poética se condensa en los libros La caja de música (Madrid, Fundación Inquietudes/Asociación Poética Caudal, 2011), El plazo (Madrid, Amargord, 2012), Cada palabra una ceniza blanca (Valencia, Ejemplar Único, 2013), Cráter, danza (Barcelona, Calambur, 2016), 15 Filos (Madrid, Cartonera del escorpión azul, 2021), Tapiz rojo con pájaros (Madrid, Bala Perdida, 2021) y Filo, de próxima aparición en Bartleby Editores.

