Tomás Sánchez Santiago

Como una insinuación

Cuando escribes te manchas de ti mismo.

Y pones oscuridad y aire atacado
cuando respiras encima
de lo que nombras.

¿Es así?

Vas arrojando aliento de frente
a las palabras.
Una humedad violenta
las aleja como a un vuelo de aves insultadas
hasta la desorientación.

Eres el que ofusca. Eres el que atiende
las heridas con sal
y el que se remoja en las contradicciones.

He venido a por ti
entre lentas comadronas con la lengua rapada.
He venido a por ti
mas no entraré a buscarte.
Te espero en las afueras de los nombres,
allí se han desalado
de sí mismos
y sólo continúa por sus huesos la sombra
de una música.

Esto ya no consuela,
esto ya no consuela y debes aprender
otras maneras
de enjuagarte en los nombres,
como cuando se cruza un mercado
ya desmantelado
y sólo se propaga, por toda actividad,
la inversa inflamación
de desdecir.

                    (de El que desordena, 2006)

Lo musitado

Eso que deja abiertas las puertas
al sollozo
        (su voz sin hueso
y su tejido roto y escurrido)

y todavía hace posible
mover entre los dientes
la extraña compasión de los significados.

Eso que empieza a arder
aun antes de encenderlo y pide paso justo
cuando ha encontrado perdición,
y atraviesa pasillos oscuros
lavándose las sílabas en saliva cansada.

Eso, lo dulce escatimado,
lo que llega sólo a morder la luz
de lo intermedio,
lo musitado, sí, de donde sale nada más
el humo hilado de unas pisadas en la nieve.

Hasta ahí, hasta ahí llegaba
la rozadura pequeña del poema.

Un ruido de uñas rotas
y nada más.

Tócame, al menos tócame otra vez

con los nombres sumergidos.

                    (de Pérdida del ahí, 2016)

Todos los años vuelven las hojas

Qué sabes tú lo que es perder luz
en los dientes.
Niebla y metales de omisión
sellan con frío desde hace mucho
el paladar, este almacén
sin jugo.

Y ahora no tengo
mirada:
                    solo veo.

Los labios en la noche dejan cera
y plumaje de fiesta
                                        pero no voz.

Y no sale canción
de lo hondo atragantado de las cosas.

Así he vivido por un tiempo: sin rabia y derrotado
por lenguajes de carrocería muerta

De pronto, de ahí,
de lo oscuro de afuera
una música llega vencida entre los árboles

                                            (la tarde va agravándose
                                            entre sombras azules).

Escucho.
Y aunque sea nada más que un titubeo,
aunque apenas suene la flauta
sin llamarla y aparezcan residuos de un sentido
donde nada más se esperaba ruido de hueso o rama,
hay una compañía que me basta.

¿Y, entonces, no ha de caer aceite
un día
sobre la tabla sorda de tu corazón?

Pon aplomo y amor
y resiste.
No te vengas abajo: ya ves
que sale trino vivo de ahí,
de esos árboles
tuyos,
aún decapitados,
donde hasta hoy solo se veían vicios de invierno.

Pues sí:

                    todos los años vuelven las hojas.

                    (de Pérdida del ahí, 2016)

El que menos sabe

Nunca supe negociar.

Viví entre patadas en ciudades de nombres casi largos,
tomados por el desagrado.
                                             No me acostumbré
a su oscuro resplandor, siempre me fui
a otro lado con la respiración encabritada.

También me fui de todos los lugares
donde había amos, donde la seriedad
esperaba a los niños al final de la tarde

pero perdí la gracia de no dar por cierto
que la vida solo se revelaba
en los alejamientos y en las pérdidas.

Soy el que menos sabe. Todos me adelantaban.
Vivo de preguntar. Ignoro
el peso azul de los relámpagos
y la intimidación de las brújulas.
Bajo la carne de las cosas pongo palabras pálidas
y espero.
                   Eso es lo mío.
                                                Esperar
el atropello silencioso del tiempo, verlo pasar
con suministros helados, con adjetivos veloces
y hacer algo por detenerlo, un gesto
o una bola de lágrimas.

Soy el que menos sabe. Solo conozco
a las cosas por  su nombre.

Qué oficio extraño este.
Te acusan de tocar sin dedos limpios a las palabras
peligrosas, sacarlas de la fila y ponerlas
a hervir fuera de sitio.
Te llevan maniatado por los distritos de la melancolía.
Te escuchan todos con oídos sellados.
Te suben a cadalsos. Se creen lo que allí dices.

Te aplauden por llorar.

                    (de El que menos sabe, 2024)


Tomás Sánchez Santiago

Tomás Sánchez Santiago es un poeta, novelista y ensayista español nacido en Zamora en 1957. Fue profesor de secundaria en Castilla y León y reside en la ciudad de León. Ganador del premio de la Crítica de Castilla y León en 2019 con su novela Años de mayor cuantía, también ha sido galardonado con el Premio Castilla y León de las Letras en 2025. Su obra poética comprende títulos como Amenaza en la fiesta (1979), La secreta labor de cinco inviernos (1985), Vida del topo (1992), En familia (1994), El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En el volumen Este otro orden (Dilema) recogió toda su poesía, junto con algunos poemas “accidentales”. También ha cultivado un tipo de prosa breve, a medio camino entre el relato, la poesía, el diario y la reflexión, en títulos como Para qué sirven los charcos (1999), Los pormenores (2007) o La vida mitigada (2014). Perteneció en Zamora al grupo poético Magua Sociedad Literaria. Desde 2005, es miembro fundador del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en la ciudad de Zamora.